Sin Final en el Guión

Siempre nos quedará París

 

Habitación 501 del Hotel Plaza de Nueva York, no hay internet, no tengo móvil, y mi ropa se parece a la de mi padre cuando era un adolescente. No sé qué me está sucediendo pero de repente parece que he viajado en el tiempo. Salgo a la calle, estoy en Madison Avenue y como si mis pasos andaran solos me dirijo a una Agencia de Publicidad llamada Sterling and Cooper. Allí parece que tengo una cita con un tal Don Draper. Entro en su despacho, me recibe con una camisa blanca impecable que contrasta con las ojeras que imagino de la noche anterior. Deduzco que tiene camisas blancas sin estrenar en algún cajón de su mesa. Está bebiendo Dry Martini y fumando Lucky Strike.

Comienza a hablarme de Rick, de cómo vendió armas a Etiopía en 1935 o cómo combatió al fascismo en España, de cómo la Gestapo lo puso en su lista de “honor” y cómo tuvo que huir de su amado París con Sam, el pianista y establecerse en un tugurio en Casablanca llamado Rick’s al que todo el mundo acudía cada noche. Anoche volví a quedarme tarde viendo mi película favorita de todos los tiempos, Casablanca (Casablanca 1942)   de Michael Curtiz con Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, debo estar soñando, pero me gusta ese sueño, no quiero despertar.

En el surrealismo y el desorden propio de los sueños ahora estoy en Harvard a finales de los 60, con varios estudiantes con los que compartimos el almuerzo mientras me hablan de la película que acaban de descubrir. Algunos comparan a Rick con Hemingway o Scott Fitzgerald, es un héroe de la Generación Perdida, esa generación sin la que no podemos entender la literatura norteamericana del siglo XX. Rick representa el bien frente al mal, es ese tipo al que parece haberle sucedido todo, la noche anterior, tiene la mirada arcillosa, su pasado lo marca. Ha sido un luchador, un idealista y de repente una mujer lo abandona y ahora es un ser cínico, duro, poco sociable, inaccesible diría, pero sólo es una pose, lo veremos con la joven pareja búlgara ¿Será capaz de volver a ayudar a alguien, será capaz de combatir al mal? Laszlo le dirá en una ocasión: “No respire y morirá, no combata al mal y morirá el mundo”

No quiero despertar aun. Sin saber ni cómo ahora mismo estoy en Rick’s. Ilsa acaba de entrar y se ha sentado junto a Sam. Le pide que toque “As time goes by”, él intenta disimular diciendo que se le ha olvidado la melodía pero acaba accediendo cuando ella se la recuerda. A Ilsa (Ingrid Bergman) le brillan los ojos y de repente se abre una puerta y aparece Rick, que enfadado se acerca a Sam y le reprocha: “Te había dicho que no volvieras a…” El pianista lo interrumpe señalando con su mirada a Ilsa. Rick tiene una mueca en su rostro, se alegra de verla o por el contrario la odia  por ser la mujer que le abandonó en una estación un día lluvioso dejándolo “…con el rostro crispado y una expresión ridícula porque le habían arrancado las entrañas…” Son interrumpidos por el Capitán Renault, precepto de policía y Victor Laszlo, los dos no dejan de mirarse, Laszlo discreto como siempre no dice nada, ella intenta disimular: “Nos vimos por última vez en La Belle Aurore. Fue el día que los alemanes ocuparon París”. Rick asiente: “ Un día así no se olvida, los alemanes iban de gris y tú ibas vestida de azul”

Fundido en negro, desaparezco del café de Rick y estoy en un programa de televisión con José Luis Garci, auténtico enamorado de Casablanca. La cinefilia de Garci nos abruma, es capaz de recordar donde vio por primera vez todas la películas que ha visto. De él aprenderemos que Casablanca pertenece a ese género de películas irrepetibles, films imposibles de hacer de nuevo. Un género en el que podríamos incluir títulos como El tercer hombre (The third man 1949) dirigida por Carol Reed o Ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette 1948) de Vittorio de Sicca.

Casablanca es un milagro del cine, una película capaz de seducir a genios como el neoyorkino por excelencia, Woody Allen quién escribirá el guion de Sueños de un seductor (Play it again, Sam 1972) de Herbert Ross, que es todo un homenaje a esta película mítica.

La miticidad de Casablanca es comparable a otras grandes obras… Casablanca es al cine lo que el Hamlet de Shakespeare, La Odisea de Homero,  Guerra y Paz de Tolstoi o el  Ulises  de James Joyce son a la Literatura.

Algo interrumpe mi sueño, un sonido fatal que va a hacerme despertar pero aún tengo un instante para recordar a Ingrid Bergman, quien parece poseer una luz propia, soy capaz de ver la cara de enamorada con la que mira a los dos hombres de su vida cuando La Marsellesa suena en Rick’s, provocando un estallido de emoción del que es imposible sustraerse.

 

Los hermanos Epstein y Howard Koch escribieron una película que pasará a la historia de la humanidad como la Capilla Sixtina del cine. Jamás podremos volver a Casablanca, la guerra terminó, el sentido Quijotesco de Rick y su fiel escudero Sam,  le traslada al universo eterno de los grandes héroes, Ilsa ya nunca volverá, todo ha acabado pero “Siempre nos quedará París, no lo teníamos pero lo recuperamos anoche” y lo recuperaremos cada vez que nos sentemos delante de la pantalla y la disfrutemos.

 

 

 

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *