Sin Final en el Guión

PLÁCIDO (La Navidad de Berlanga)

En 1961, Luís García Berlanga dirige la película “Plácido”. Una cinta que en aquella época supuso una gran repercusión internacional y es probablemente, una de las mejores comedias del director valenciano. Nominada al “Oscar como mejor película de habla no inglesa”, fue finalmente derrotada por “Como en un espejo” de Ingmar Bergman. La película de Berlanga surge a partir de una campaña ideada por el régimen franquista bajo el lema “Siente a un pobre en su mesa”. La idea era hacer crecer en el pueblo español un sentimiento de “caridad cristiana” a los desheredados, pero que en realidad, tal y como Berlanga consigue mostrarnos, esconde una forma de limpiar las conciencias burguesas, algo parecido a los telemaratones televisivos de hoy en día y que el director confesaba aborrecer.

En un principio la idea que manejó el director era la de un banquete navideño en el que los ricos invitaban a los pobres. Los primeros se comían las pechugas de pollo y los segundos las alitas. Aún vagaban las ideas para el guión en la cabeza del autor, cuando se incorporó al proyecto el siempre magnífico Rafael Azcona, quién tuvo que viajar a Roma durante la gestación del libreto para profundizar en la obra de Zavattini (durante aquella época Azcona trabajaba junto a otros directores italianos, y tal vez por ello podemos reconocer en la película detalles propios del neorrealismo que abordaba en aquella época el cine italiano) y que figuraba como co-guionista del film junto a José Luis Colina, José Luís Font y el propio Berlanga.

Inicialmente el título debía ser “Siente a un pobre en su mesa”, pero debido a los problemas con la censura, el realizador se vio obligado a un cambio de última hora, pasando a titularla con el nombre del principal protagonista masculino, “Plácido”. A pesar de los inconvenientes de la censura, una vez estrenada, continuó teniendo problemas con los dirigentes del régimen debido al villancico que cantan al final, donde dice: “Madre en la puerta hay un niño y gritando está de frio, anda dile que entre y así se calentará, por que en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá”.

Luís García Berlanga trasladó el rodaje a la ciudad catalana de Manresa donde se filmaron los interiores en los decorados allí instalados, aunque su intención era rodar en escenarios naturales, hecho que ningún rico le permitió llevar a cabo, excepto un director catalán amigo del autor que le cedió el comedor de su casa modernista en Barcelona.

Recibida con sorpresa por el gran público y aplaudida con énfasis por la crítica, recibió una nominación al “Oscar” en 1962 (algo ya comentado), también le supuso dos premios del “Sindicato Nacional de espectáculos”, uno de ellos para Manuel Alexandre como actor de reparto. Cosechó otros dos premios del “Círculo de escritores cinematográficos” como mejor película y mejor director. También José Luís López Vázquez el premio al mejor actor secundario y al tiempo le fueron concedidos tres premios “San Jorge”, de nuevo como mejor película, mejor director y mejor actor secundario, otra vez para José Luís López Vázquez.

Es por tanto una de las mejores películas del género comedia del cine español de los sesenta. El también director Victor Erice dijo de ella: “El objetivo final de la película es mostrar la incomunicabilidad de las personas. Para mi, Berlanga, es fundamentalmente un romántico”. También el actor López Vázquez puntaba: “Las películas de Berlanga son esperpentos no de la España de la época, sino de la España eterna”.  Siguieron en parabienes el crítico de cinematográfico de “El país”, Miguel Ángel Palomo: “La gran obra maestra de Berlanga estalla no solo como una comedia costumbrista, sino también como un devastador retrato social”.

También decía Ángel Fernández Santos, critico cinematográfico, guionista, ensayista y ocasional escritor de cuentos, que este film es uno de los mas originales y profundos que se han hecho sobre el vacío, la frustración y la inexpresividad que reposa bajo la incontinente verborrea española. Cada Navidad, añadía, se repiten los mismos discursos de solidaridad y buena voluntad para con la gente. Es cierto que en algunos casos, no son solo bonitas palabras, sino que van acompañadas de generosas donaciones, que aumentan nuestra autoestima y la de otros. Si a causa de esto nos sentimos mejores personas, por acordarnos de los demás en ciertas fechas, deberíamos revisitar cada año esta demoledora película.

Uno de los mejores aciertos del director fue el “casting”, a pesar del riesgo asumido con la elección del protagonista, Cassen para el papel de Plácido, y que aunque ya había cosechado buena fama como humorista radiofónico, no había realizado trabajos en el cine. Le acompañaban José Luís López Vázquez, que interpretaba el personaje de Gabino Quintanilla, hijo del dueño de una serrería y coordinador de la campaña (un malvado al que los pobres le importaban un pimiento), y cerrando el trío de actores aparecía el siempre genial Manuel Alexandre, interpretando a Julián Alonso, el cuñado de Plácido.

La historia nos lleva a la Nochebuena de una pequeña ciudad de provincias española a principios de los años sesenta, donde un grupo de beatas responde a una campaña franquista para promover la “caridad cristiana” bajo el lema “Siente a un pobre en su mesa” (título inicial hasta la sustitución del mismo por parte de la censura de aquellos años). Las señoras recurren a una marca de ollas a presión “Ollas Cocinex”, para promover un acto benéfico al cual debían asistir algunos artistas venidos de la capital para participar en un radio-maratón solidario (tal como ya he comentado, un precedente de los actuales maratones televisivos).
El encargado de organizar esta jornada humanitaria de desfiles y subastas es Gabino Quintanilla, que interpreta el inimitable José Luís López Vázquez. Este, para la publicidad, contrata a un pobre hombre llamado Plácido (Cassen) que ha de recorrer la ciudad con una enorme estrella navideña sujetada a su motocarro.
Todo transcurre con normalidad, pero sucede que el pobre Plácido ha de abonar una letra de su estrenado vehículo antes de la puesta de sol, de lo contrario perderá el medio con que mantiene a su familia, ¡aunque estos vivan en unos urinarios!  Es a partir de esta premisa que el director construye una de las críticas mas ácidas y corrosivas del cine sobre la sociedad española, no solo de la época sino también actual, pues estos esperpentos se siguen sucediendo hoy en día.

Estamos ante una cinta absolutamente genial donde el realizador nos presenta las mezquindades e hipocresías de la época sobre una sociedad de apariencias, repleta de miserias y que ninguna productora se atrevía a reflejar.

De hecho el director valenciano ya tuvo serios problemas con su anterior película “Los jueves, milagro”, algo que le impidió llevar a cabo ningún otro proyecto durante cuatro años. En este film anterior, el realizador abordaba una historia de fraudulentas apariciones de San Dimas, promovidas por un grupo de avispados comerciantes mercachifles para atraer turismo a un balneario. Fue tan agredida por los censores de la época, que la segunda parte fue escrita por un cura, haciendo que el verdadero santo bajara a la tierra, para que de esta forma los timadores acabaran por arrepentirse y fueran todos buenos. Era por tanto el director un “marcado rojillo” por los gestores del franquismo, a los que se les atragantaban las verdades como puños que en forma de comedia realizaba el director.

La película supuso la primera colaboración del director con el guionista riojano Rafael Azcona, quién por aquella época trabajaba con realizadores italianos y que junto a Marco Ferreri ya habían firmado dos lúcidas aproximaciones a la picaresca nacional, “El pisito” y “El cochecito”. A pesar de que la sonrisas de estos dos filmes se vuelve agria, a Berlanga no le gustaba el término de “humor negro”. Lo consideraba algo extranjero. Por ello las obras del cineasta valenciano reflejan mas la España de la que hablan los versos de Quevedo, las pinturas de Goya y Solana o las películas de Buñuel. Nos muestra siempre el oportunismo de un país mediocre y pretencioso, al que los pobres, como al personaje de López Vázquez, Quintanilla, le importan un pimiento. Como siempre, en todas sus películas corales, el director no deja títere con cabeza. A raíz de su nominación al “Oscar” su película “Plácido” atrajo el interés de algunos de los mas reputados directores del momento, como Vidor, Wyler, Stemberg, Capra, Mamoulian o el rey de la comedia, el mismísimo Billy Wilder, que quedaron maravillados con sus increíbles y maravillosos planos-secuencia y a pesar de que se antoja muy complicado subtitular los filmes de Berlanga ya que todos los personajes hablan al mismo tiempo. De hecho tienen un murmullo de fondo que siguen haciendo a nuestra cultura especialmente ruidosa. Contiene influencias italianas de Zavattini (guionista de “El ladrón de bicicletas” o “Umberto D”), pero a pesar de ello y de las ganas que tenía José Luís Berlanga de trabajar con él, se le impidió y fue vetado por los censores de la época.  Éstos mantenían los clásicos prejuicios del gobierno del régimen, y el propio director relataba como una vez que presentó un guión a la “censura previa”, que incluía un plano general de la Gran Vía madrileña, donde se veían simplemente coches circulando por la calzada y peatones por las aceras, el censor eliminó la escena e impidió su rodaje sin explicación alguna. Años después le preguntó al mismo censor cuál era el problema y este le respondió que al tratarse de una película de Berlanga, ¿Quién le garantizaba que entre los peatones no aparecería un cura saliendo de la sala de fiestas Pasapoga?. A lo que el director respondió con su sorna característica: “No se me había ocurrido, ¡me parece una idea magnífica!”

 

Berlanga nos muestra una sociedad donde todo es fachada, una sociedad de apariencias. Los personajes son como figuritas de un belén que se afanan en lograr unos objetivos. Objetivos que la mayor parte de las veces son egocéntricos e insolidarios. Nadie se salva de la crítica pues hasta los desheredados llegan a mostrar todo su egoísmo, tal como se muestra con el personaje de Manuel Alexandre, el hermano de Plácido, que no solo no quiere ayudarle sino que se queda con una de las cestas que han de repartir. En definitiva impera la doble moral, donde solo sobrevive quién tiene contactos. De hecho Quitanilla, el personaje de López Vázquez, menta a su padre cada vez que intenta conseguir algo. Todo son conveniencias en una sociedad mezquina y aprovechada. Hoy por ti, mañana por mí.

El director cuenta que su película habla de individuos que quieren conseguir algo y que durante toda la acción lo intentan, pero al final no lo consiguen. Son historias que nos dejan sin esperanza. Nos enfrentan a este mundo, donde cada uno va a lo suyo, sin importarle el prójimo. “Los seres humanos independientemente de su condición social, de su fortuna o de su ideología, son incapaces de comunicarse entre si”, dice el realizador.

Este es un tema que el propio Victor Erice en su crítica del film resalta, y que curiosamente es el mismo de la película que ganaría al “Oscar”, “Como en un espejo” de Bergman. Una en un contexto luterano de la Suecia de principios de los sesenta, mientras Berlanga lo hace en el contexto de un país exacerbadamente católico como era España.  Una sociedad hipócrita donde solo importan las apariencias. “Plácido” es una película que compone una catarata de palabras, una sucesión febril de tipos que no dicen absolutamente nada los unos a los otros. Probablemente jamás el silencio se expuso con tanto ruido.

Nuestra supuesta caridad, es la falsa caridad que trata al pobre como mascota y convierte los actos de beneficencia en un escaparate. Todos participan de su exhibicionismo, también los periodistas que lo publicitan. Nadie sale bien parado. Todo es descrito con tal crudeza y sordidez que no se salva ni el proletario. Pobre o rico, no hay quien no vaya a lo suyo, abandonando a los demás, en el momento en que mas lo necesitan. Esta supuesta caridad nos retrae a los fariseos que en los días de Jesús, cuando daban al pobre, se hacían acompañar de trompetas, para que todo el mundo se diera cuenta de lo que hacían. Lo que la gente llama buenas obras no son mas que actos para nuestra propia gloria. Incluso nuestros mayores esfuerzos no convierten esos actos en justos. Ante una supuesta justicia suprema, nuestras justicias son como trapos de inmundicia. Lo que recordamos cada Navidad, es que Dios ha montado un programa para saciar al hambriento, por el que los que tienen hambre y sed de justicia serán saciados. Nos invitan a un festín que no es el resultado de nuestros esfuerzos, ya que no son capaces ni de alimentar a un gorrión hambriento.

La película termina con un villancico final sorprendente cantado por La Paquera de Jeréz con José Menese, pero el director cambia las últimas líneas de la letra tradicional para terminar su historia con un cierre desgarrador. El villancico dice: “Madre en la puerta hay un niño mas hermoso que el sol bello. Tiritando está de frío porque viene casi en cueros. Pues dile que entre y se calentará, por que en esta tierra ya no hay caridad,, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá”.

Continua el villancico diciendo: “Entró el niño y se sentó, y mientras se calentaba le preguntó a la patrona, ¿de que tierra y de que patria era?” Su respuesta es: “Mi padre es del cielo”, repitiendo dos veces al final de cada verso: “Yo bajé a la tierra para padecer”. Termina con los versos que el director cambió y que ya han sido mencionados: “Madre en la puerta hay un niño y gritando está de frio, anda dile que entre y así se calentará, por que en esta tierra ya no hay caridad,, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá”.

¡Es precisamente ese el corazón del Evangelio!, el increíble intercambio por el que nuestra falta de caridad, recae en los hombros de Jesús en la cruz, para darnos a cambio, su perfecta justicia por su sufrimiento en la cruz. Los versos están llenos de una justicia que no es la nuestra, tenemos mas hambre y sed de ella, así que cuánta más de su justicia recibimos, mas conscientes somos de que nuestros pensamientos, ideas y actitudes, están todavía lejos de su perfecta voluntad. Pero la promesa es que si somos conscientes de nuestra pobreza, un día seremos saciados.
El nos sienta a su mesa, y su caridad no tiene nada de aparente.

 

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