Sin Final en el Guión

Lo que dijo y lo que quería decir

El término propaganda tiene numerosas acepciones, aunque en el imaginario popular sea la primera de éstas la que quizás tenga un mayor uso. Esto es: La acción o el efecto de dar a conocer algo con el fin de atraer adeptos o compradores. En los años 60 en España, en un momento de apertura al exterior, durante el tardofranquismo, después de décadas en las que España estaba encerrada en sí misma, se produjo uno de los eslóganes que aún perduran, aunque en su mayoría con un uso peyorativo, de manos del por entonces Ministro de Industria: Spain is different. Y sí, era diferente, muy diferente. En lugar de encontrarse las bondades que se pretendía enaltecer se encontraba la caricatura de un país paleto, arcaico, pícaro y  ultrarreligioso, adjetivos estos que acompañaron la labor censora, de entre muchas otras, del cine.

 

A través de la censura en este país, se produjo un doble adoctrinamiento propagandístico desde dos estamentos muy consolidados en el franquismo: el ejército, que velaba por el “orden”, y la iglesia, que velaba por la “moral”. Estas dos esferas estaban representadas, con igual proporción, en las juntas de censura que se reunían antes de la aprobación de importación de cualquier film extranjero a España. Son numerosas las luchas entre uno y otro, con el fin de hacer prevalecer su poder. Sin embargo, progresivamente fue la Iglesia la que se impuso debido al ultracatolicismo de gran parte de los responsables de la dirección general de cinematografía, y qué mejor que la iglesia para velar por el orden moral de la población española. Así que con una escasa presión ya del ejército, debido a esos nuevos tiempos de “apertura” en la censura, se produjo curiosamente (con matices) el efecto de propaganda en la tercera acepción del término: Congregación de cardenales nominada para difundir la religión católica. Éstos eran capaces de cortar escenas enteras en las que hubiese cualquier atisbo de sexualidad, sin importar que esa escena fuese importante en el discurrir de un film, o aunque careciese de contenido sexual sí que por acumulación de pequeños fragmentos en cada escena que pudiesen crear un clima de sexualidad también eran cortados por doquier. Esta es la imagen clásica de la censura, tanto española como extranjera, que está instalada en el imaginario de cual espectador. Sin embargo hay un caso paradigmático sobre como la censura, además de tratar de imponer su moral, fue capaz de cambiar lo que un autor reputado extranjero expresaba en su film, embarcando su obra en la propaganda religiosa, y por consiguiente, española. Hablamos de Ingmar Bergman. Para el historiador de cine, Juan Miguel Company, había dos Bergman, el internacional, y el español, que se adaptaba como la ensaladilla al paladar de los espectadores manipulables españoles. Ejemplos los hay muy variados. En la banda de sonido original de El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1960) no aparecía el mayestático coro que acompañaba la escena final cuando el padre vengaba la muerte de su hija. Este coro que servía para subrayar el milagro del brote del manantial, apabullaba a su vez al espectador.

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El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957) después de triunfar en la Semana Internacional de cine y valores de Valladolid, en cuyos órganos internos se encontraba el Rvdo. P. Staehlin, introductor de la obra bergmaniana en España, se presentó como un evento operístico, y se repartieron trípticos entre el público donde se destacaban los valores religiosos del film. Esto, lejos de disimularse se “presumía” de ello. Una constatación  de esta adaptación forzosa a los cánones religiosos que supuestamente Bergman pretendía enaltecer, y que habría de dominar la difusión inicial de su cinematografía en España a principios de los sesenta, se encuentra en estas palabras aparecidas en La familia cristiana en su número de Julio de 1961 a cuentas de nuevo del estreno de El septimo sello: “Es muy posible que el séptimo sello en su versión original, no resultara tan diáfanamente alusivo. Eso porque el clima en que se rodo el film, Suecia, es muy diferente, hablamos de clima humano, de clima religioso claro está del nuestro, y sobre todo porque en la versión española que distribuye Chamartín ha intervenido un personaje eclesiástico muy conocido en nuestro ambiente cinematográfico católico para los diálogos. Se trata del P. Carlos Staehlin al que personalmente atribuimos la profundidad religiosa y humana de los diálogos como atribuimos su brillantez al colaborador del P. Staehlin, Carlos Fernández Cuenca. Creemos descubrir pues, muy marcada la huella de estos dos personajes en la versión y encontramos justificada la presencia del jesuita español en los estrenos de El séptimo sello por el mensaje de trascendencia que encierra en sí el film de Ingmar Bergman”. Esto no fue óbice para caer en las numerosas contradicciones en que caía la censura, y si bien para su estreno en la Semana de Cine de Valladolid, fue autorizada para todos los públicos, cuando la distribuidora Chamartín se hizo con sus derechos solo fue autorizada solo para mayores.

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Aunque uno de los casos donde la censura fue más sutil, sibilina y quizás más propagandística, con menos, fue en Fresas salvajes (Smultronstället, 1957). Este film que trataba de revelar la epifanía en modo de revelación del sentido de la vida por parte de un anciano protagonista, queda transformado en una única frase final a la Divina Providencia. El anciano pronuncia la siguiente frase en versión original: “todo había sido un cúmulo de casualidades”. Sin embargo, la mano piadosa de la censura, le hacía decir: “Todo estaba regido por una causa suprema”. Nunca tan poco hizo cambiar tanto. Y lo que es peor, es que el doblaje continúa así, aunque el subtitulado sí que esté cambiado.

 

Y ese es uno de los grandes problemas. Para el espectador español que no quiera ver la película en V.O. , carencia atávica que nos acompaña desde la ley de protección de la lengua española del franquismo, va a seguir escuchando lo que la censura quería, pero ¿Cuál es la solución? Ya se ha visto recientemente con el nuevo doblaje de El padrino (The Godfather, 1972), lo que puede dañar esto a la memoria de un film. Quizás, la inclusión de extras, de libretos donde se especifique según qué modificaciones se introdujeron hagan cumplir el respeto que se le debe a cualquier film; lo que dijo y lo que quería decir.

 

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