Sin Final en el Guión

La Vie en Rose

  Desde siempre me ha apasionado la idea de ir por la calle y de repente ponerme a cantar y que todo el mundo alrededor se pusiera a bailar y a cantar conmigo. Ésta para mi es la esencia de los musicales. La magia que proporciona ya de por sí el mundo del cine, con la posibilidad  de vivir historias de otros, se ve acrecentada en las películas musicales. Si además tiene el encanto de ser francés, la mezcla ya es absolutamente deliciosa. Estamos hablando de ese estallido de color y de optimismo que es “Las señoritas de Rochefort” (Les demoiselles de Rochefort)  una auténtica delicia para los sentidos.

         Jacques Demy  escribió y dirigió este film en 1967 en pleno auge de la cultura pop. Solo tres años antes había revolucionado el género con “Los paraguas de Cherburgo” (Les parapluies de Cherbourg)  un delicioso drama cuya originalidad residía en la fascinación que producían todos los diálogos cantados. Una experiencia catalogada por el propio Demy como cinéma-musique. Aquella fue una historia de amores perdidos y fatalista romanticismo que dejaba un poso de amargura en su visionado. La emoción que transmitía, sin embargo, ha hecho de ella una película de culto que además contaba con la música de ese gran compositor llamado Michel Legrand.

        “Las señoritas de Rochefort”, en cambio, transmite una pasión por la vida absolutamente extraordinaria. Llena de color, de luz, de vitalidad, estamos ante una clásica historia con tintes de vodevil donde no faltan los equívocos, las historias de amor cruzadas y un tratamiento  realmente delicioso del espacio-tiempo que exige el musical más clásico. Porque si algo caracteriza a esta película, es sin duda, su clasicismo respecto a Hollywood y una indudable declaración de amor a este tipo de cine. Intensas coreografías llenas de magia, su ambiente festivo y una magistral mezcla entre el más puro savoir faire francés y los esquemas clásicos del género. Algo que  gente como Vincente Minnelli, Stanley Donen o el propio Gene Kelly (cuya participación en este film no es sino un claro tributo de Demy ) dieron a sus películas y que hemos recuperado recientemente,  con otro francés, gracias a “La ciudad de las estrellas“ (La, la,Land, 2016) de Damien Chazelle.

         Estamos en un pueblo marinero llamado Rochefort, que fue base naval y que supone otro personaje más en la película. En el centro del pueblo encontramos la Place Colbert que es sin duda el centro neurálgico de la vida allí. La llegada de unos feriantes, el aire festivo de la cinta y una serie de canciones maravillosas, dinámicas y pegadizas harán el resto. Canciones como “Chanson de Maxence” (interpretada por un casi imberbe Jacques Perrin), “Les soeur jumelles” (cantada a dúo por las hermanas en la vida real François Dorleac y Catherine Deneuve) o “Nous voyageons de ville en ville” (con George Chakiris) han pasado al ideario del cine musical francés. Además contamos con la no habitual presencia de Michel Piccoli como cantante en la “Chanson de Simon” que da su toque elegante a esta cinta.

         Para los amantes de la buena música, nada mejor que Michel Legrand que repite aquí como citábamos antes, tras su experiencia en “Los paraguas de Cherburgo”. La musicalidad que de por sí tiene el idioma francés se entremezcla con toques jazzísticos muy de sus ídolos Dizzie Gillespie o Miles Davis, que bien salen de la partitura de Legrand. La cultura pop de la época está presente en todo ese cromatismo y luz que preside cada plano. La luz como metáfora de la alegría, del entusiasmo y de las ganas de vivir y de amar. Esos colores rosa, azul pastel, fucsia, etc…nos transmiten pasión por la vida. Es colorista y por tanto brillante. Tiene la particularidad de ser rodada casi toda en exteriores. Las escenas de interior siempre tienen ventanas abiertas para que la luz y la alegría entren.

     Como buen vodevil la trama es ligera y sin excesivas preocupaciones, todo queda por debajo de lo verdaderamente importante, el aire que transmite.  A un lado, Catherine Deneuve, François Dorleac, Danielle Darrieaux por el “equipo” de las chicas y al otro Jacques Perrin, Gene Kelly y Michel Piccoli por el de los chicos junto a un George Chakiris cuyos bailes son maravilloso, todos componiendo un crisol de personajes fascinantes que nos enamoran desde su primera aparición . Cada uno respondiendo a un arquetipo clásico del vodevil.

       Se nota que Demy adoraba los musicales de Hollywood, a la hora de rodar, por cómo mueve la cámara, con unos travellings fantásticos y unos movimientos de grúa que sin duda son un homenaje a sus maestros.

     Estamos por tanto ante una de esas películas que hacen que veamos la vida un poco mejor, sin duda una de las más vitalistas y optimistas que existen. Deben abstenerse de verla todos aquellos que sufren cierta alergia a los sueños y a la fantasía. “Las señoritas de Rochefort” es un canto a la alegría, al amor, a las ilusiones y sobretodo un ejercicio de colorido que nos traslada durante dos horas a ese mundo mágico e irreal llamado musical, un territorio que siempre nos ha dejado historias fascinantes.

     Cantaba Edith Piaf “…Quand il me prend dans ses bras, Il me parle tout bas, Je vois la vie en rose.” (cuándo él me coge en sus brazos, me susurra y yo veo la vida en rosa). Puede que al terminar de visionar “Las señoritas de Rochefort” pensemos que la vida puede ser de color rosa, solo por eso habrá valido la pena.

 

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