Sin Final en el Guión

La vida, tal y como debería ser

La llegada de la Navidad está aparejada con un cambio en el comportamiento general de la sociedad. Existe una predisposición tácita a los buenos sentimientos, la empatía, la caridad y un sinfín de virtudes veniales. En esta época también se maximiza el carácter de cada uno; el agradable multiplica su virtud y el huraño su defecto. El cine es terreno fértil para tamaña vicisitud. Desde la edad de oro de Hollywood, se vienen sucediendo films cuyo trasfondo navideño es utilizado para resaltar la lucha, llevada al paroxismo, entre el bien y el mal. Por citar solo algunos ejemplos: Qué bello es vivir (It´s a wonderful life, 1946, Frank Capra), Love actually (2003, Richard Curtis) o Un padre en apuros (Jingle all the way, 1996, Brian Levant), llevan marcado a fuego transmitir unas tremendas ganas de ser mejor persona a todo el espectador que la ve. Sin embargo films como: Pesadilla antes de Navidad (The nightmare before Christmas, 1993, Tim Burton), Plácido (1961, Luis G. Berlanga) o El día de la bestia (1995, Alex de la Iglesia), trataban de modo muy similar, con el cinismo por bandera, el cómo se nos da, como sociedad, especialmente bien aparentar lo que no somos; el bondadoso lo será en cualquier fecha del año, el malicioso no.

Escena de Plácido, poniendo en escena el eslogan “sienta a un pobre en su mesa”

Sin embargo hay películas, que sin pretenderlo, sin necesitar el trasfondo navideño, consiguen que todo sea como debiera ser. El cineasta, guionista y escritor, Stephen Chbosky consigue en sus dos trabajos hasta el momento que el espectador se reconcilie con el mundo, sin sentir que ha sido vilmente manipulado como en tantos films cuya búsqueda de lo lacrimógeno asusta por lo evidente que resulta. El autor, en su primer film Las ventajas de ser un marginado (The perks of being a wallflower, 2012), adaptación de su novela homónima, cuenta la historia de un tímido chico en su primer año de instituto, justo después de que su mejor amigo se suicidase. Contada de modo epistolar en el libro, Chbosky, recurre a la sensación de pertenencia a un grupo, en este caso los inadaptados, para mostrar todo un alegato a favor de la amistad, de la filosofía tibetana de estar aquí y ahora. En todo momento el film camina en una delgada cuerda floja entre la comedia y el drama, sin caer en ningún momento. Las circunstancias dramáticas que abundan en la vida del personaje, no le impide mostrarse a éste como alguien con personalidad, con las dificultades de la edad y situación de novato en un instituto. Con todos los problemas propios de la adolescencia, el director muestra, sin embargo una maravillosa película atemporal enmarcada en los 90, con una sensibilidad tanto musical como cinematográfica muy similar a la del radiólogo cinematográfico que es Richard Linklater. Ambos rescatan más las sensaciones de un periodo volátil, que hechos en sí, haciendo que sus films creen mayor empatía en aquellos que vivimos esa etapa que en los que la estén viviendo ahora, y sean David Bowie y su Heroes, en el caso del primero, o Aerosmith y su Sweet Emotion, en Movida del 76 (Dazed and confused, 1993) en el caso del segundo, las que vehiculen auditiva y sensorialmente el camino de la nostalgia.

                                                                                                        Las ventajas de ser un marginado

No obstante, es su segundo film, estrenado recientemente, casi en Navidad, el que, con mayor fuerza combina las características de bondad, propias de esta época, con su interés por los inadaptados, y su valga la redundancia, adaptación a un nuevo entorno. En este caso Wonder (2017), cuenta la historia de un chico de diez años que nació con una deformación facial. Hasta el momento solo había recibido la educación en casa por parte de su madre (una inconmensurable Julia Roberts), y cuando por fin va a entrar a un colegio ordinario, toda la familia, incluida él mismo está llena de miedos, complejos, inseguridades… Pero de nuevo, la sensación de pertenencia al grupo, de la bondad que Chbosky se empeña en mostrar, sin renegar de la maldad intrínseca del ser humano, hacen del film un alegato de superación. Pero esta superación no es solo propia del niño, es de todos los miembros de la familia. De la luchadora madre que ha sacrificado una brillante carrera académica por dar lo mejor de sí a su hijo. De su padre, un marido florero (rara vez el cine muestra esto), que no sabe como participar de las decisiones de la familia. Pero sobre todo, de su hermana, siempre a la sombra de su hermano, y cuyo bienestar ha sido dejado de lado inconscientemente por sus padres. Todos ellos, logran a lo largo del film superarlo todo, mostrando Chbosky, sin alardes, un mundo que probablemente no sea real, pero sí uno al que encantaría pertenecer, como la Navidad.

 

 

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