Sin Final en el Guión

La Sonrisa de un País

Un tipo se suicida lanzándose desde una azotea. Se había quedado en paro y lo había perdido todo.  ¿Les suena este titular? Bien podría ser de ayer, de hace un año o de cinco o diez, …da igual cuando lo lean. Sucede constantemente desde que el mundo decidió que era más importante el dinero que las personas. Frank Capra dirigió “Juan Nadie” (Meet John Doe, 1941), regalándonos mucho más que una gran película. Nos regaló una declaración de intenciones.

Un país que no sonríe es un país deprimido. Siempre he pensado que el mundo se dividía en dos clases de personas, las buenas y las malas personas. Eso mismo creo que pensaba Frank Capra, uno de los directores más extraordinarios que ha dado la meca del cine. El director italo-americano demostró a lo largo de su filmografía que su idea de un mundo justo, equitativo y lleno de amor no era solo un desvarío sino toda una manera de entender la vida. Acusado por sus detractores con un término cuya sola pronunciación ya los define, Capra practicaba el “buenismo” en el cine. ¿Había algo malo en soñar con un mundo donde todos tuvieran las mismas oportunidades? ¿Con una sociedad donde la riqueza estuviera repartida y donde los codiciosos y especuladores no tuvieran sitio? ¿Era malo creer en un lugar donde la corrupción, la mezquindad y la bajeza humana estuvieran desterradas?  Director de profundas convicciones religiosas demostró a lo largo de su carrera que sin duda había entendido como nadie el mensaje del primer subversivo que había dado la historia de la humanidad: Jesús de Nazaret.

Porque si hay una característica que para mí define a Capra es la importancia de su mensaje como realizador. Es probable que no encontremos un director más antisistema en la época dorada del Hollywood clásico que el cineasta de los sueños utópicos. Basta repasar su filmografía para entender su crítica al establishment que provocó la Gran Depresión. Si Roosevelt pensó en alguien que ejemplificara como nadie los predicamentos del New Deal, sin duda Capra era ese hombre. Supo reencontrar siempre lugares comunes en sus películas, temas recurrentes que nos llevan desde el joven e idealista senador Jefferson Smith (James Stewart) en “Caballero sin espada” (Mr. Smith goes to Washington, 1939) que lucha contra la corrupción, al ingenuo personaje de Gary Cooper en “El secreto de vivir” (Mr. Deeds goes to Washington, 1936) pasando por un cínico pero de enorme corazón Clark Gable en “Sucedió una noche” (It happened one night, 1934). Imposible no recordar la disparatada, anárquica y adorable familia de “Vive como quieras” (You can’t take it with you, 1938). De entre todos sin duda, el George Bailey de “Qué bello es vivir” (It’s a wonderful life, 1946) es quizá quien más se acerca al John Doe de esta cinta.

No es casualidad que los protagonistas de las cintas de Capra suelan ser el rostro del americano medio que ejemplificados en actores como Gary Cooper o James Stewart representaron como nadie ese hombre honrado que trabaja como el que más y cuyo rostro representa la bondad frente a la bajeza moral o la honestidad frente a la mezquindad.

John Doe representa como pocos la esperanza en el ser humano, su faceta humanista por encima del ambiente en el que vive. El ser humano, bueno por naturaleza,  se corrompe por culpa de un sistema injusto que deja al margen a los hombres y mujeres a los que trata como ganado. ¿Qué puede hacer al ser humano feliz? Sin duda la reflexión que un inconmensurable Walter Brennan regala a sus interlocutores es uno de los momentos más destacados de la película. El dinero como ejemplo de todo aquello que destruye lo que realmente importa en la vida. El poder económico como sanguijuela que saca la sangre a todo lo que le rodea.

Los discursos que Cooper irá emitiendo por el país en ese nuevo movimiento social que empieza a devolver la esperanza a un pueblo azotado por la gran crisis se convertirá en un arma igualmente peligrosa cuando los que siempre han estropeado cualquier atisbo de cambio en la sociedad, quieran meter mano. Los John Doe del mundo son todos aquellos que pretenden hacer la vida mejor a los demás. Son tu vecino y el mío, es el chico que reparte la carne en un camión cada mañana temprano, es el barrendero que limpia la calle cuando el sol comienza a asomar, es el maestro que enseña a los niños a hacer un mundo mejor, son los obreros que levantan edificios con el sudor de su frente y los jornaleros que se dejan las manos en el campo, …son esas madres que cuidan de sus hijos y además trabajan fuera de casa, son todas esas personas que ves cada mañana y que son el perfecto ejemplo del ciudadano honrado. Esa es la realidad que nos transmite “Juan Nadie”, el mensaje más antiguo de la historia de la humanidad, todos nacemos iguales, y todos somos iguales. Es el sistema corrupto e inhumano el que destroza las ilusiones de la gente honrada. Por eso no se trata de cambiar solo los elementos que dirigen la sociedad, es mucho más complejo que eso. Se trata de darle la vuelta completa a un inhumano modo de vivir que permite el hambre, la pobreza, la corrupción, la especulación, las desigualdades cada vez más grandes. No existe mensaje de paz más extraordinario, Capra nos lo recuerda en cada línea de diálogo. No olvida sus convicciones profundamente religiosas pero a ese Dios que nos invita Capra nos apuntamos todos sin dudar. Un Dios justo que quiere que todos vivamos en armonía y paz, que no exista la maldad que destroza al ser humano, la mezquindad, la codicia. Todos nacemos iguales y sin nada y nos iremos de este mundo sin nada también. El mensaje de Capra llega al ciudadano porque habla de realidades palpables, los poderosos le llaman utopía y sueños imposibles porque no pueden permitir que el ciudadano de a pie descubra la fuerza que posee cuando se une. Juan Nadie quiere suicidarse lanzándose desde la azotea del Ayuntamiento de Nueva York para protestar por el hambre y las desigualdades,  la noche de Navidad, no hay mayor gesto emblemático. Frente a esto, una prodigiosa Barbara Stanwyck, lejos de sus irrepetibles femme fatale, aquí comienza como una periodista oportunista a la que la bondad de John Doe irá transformando. El triunfo del amor por encima de la codicia y el interés.

 El pueblo unido jamás será vencido, las barricadas ideológicas se levantan pero también se derrumban cuando el canto de una misma voz emerge de entre todos para gritar que se puede. Que todos unidos somos más fuertes que nada en este mundo. Los John Doe de este mundo saben que si se hacen uno solo no habrá fuerza en la tierra que los derrote pero mientras esa unión llegue los poderosos sabrán cómo manejar los tiempos y cómo evitar que esto suceda. La manipulación en los medios (denunciada por Capra en esta cinta y en por ejemplo “Caballero sin espada”), la vileza de los que no tienen escrúpulos, por eso siempre ganan los mismos, son aquellos que saben que la verdad no interesa, solo interesa el dinero y el dinero mueve al mundo pero lo mueve a su destrucción. Se han olvidado los valores fundamentales del ser humano, el amor, la buena educación, la solidaridad, la generosidad, …valores en caída ante la superficialidad, ante la mentira, el artificio y la suntuosidad.

Frank Capra no solo nos regaló una película navideña, nos enseñó a mirar a los ojos del prójimo y a vernos en ellos, a empatizar con quien nos rodea y a entenderlo. Han pasado 77 años desde que se estrenó “Juan Nadie”, pero parece que el ser humano no ha querido aprender nada. Yo no pierdo la esperanza de que un día, esta sociedad sea dirigida por los valores que esta película nos enseñó. Unos valores que sin duda devolverán la sonrisa a un país que siempre está triste. Mientras llega ese día seguiré pensando que ésta es una época maravillosa del año, triste por los que ya no están con nosotros pero alegre por todo lo que nos dejaron. Desde “Sin final en el guión” y concretamente de la sección “Las mejores películas de nuestra vida” sin duda que tengan una grandísima y Feliz Navidad.

 

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