Sin Final en el Guión

La noche del cazador. Los miedos infantiles y la amenaza del cazador.

A menudo cuando pensamos en la Navidad tomamos como imagen mental, la gomosa de Papa Noel con esos rojos y blancos de su traje, los regalos bajo el árbol o las ideales noches de paz. La Navidad se convierte en un estado mental  en el que sacamos lo mejor de nosotros mismos, pero no siempre es así y a veces  los monstruos, el ogro, la realidad sean esos peajes que tengamos que pagar para que al final disfrutemos de la auténtica paz que identificamos con la Navidad. Todo esto viene a cuento de la siguiente película. Si se considera la historia de un país como los Estados Unidos, con sus mitos, miedos y esperanzas, sus contradicciones y optimismo ilimitado;  no se pasaría por alto un libro y una película: “La noche del cazador” (1955). La novela, escrita por Davis Grupp y el largometraje, filmado por Charles Laugthon, se han grabado en la memoria colectiva como las aventuras de Tom Sawyer  y Huckleberry Finn o “Matar a un ruiseñor”.

Nos situamos en la Gran Depresión. Los estados del sur se ven especialmente afectados por la crisis, sucumbiendo las pequeñas  ciudades a la miseria y a la ignorancia. A una de ellas, llegará un predicador, Harry Powell (Robert Mitchum), atraído por un botín del que supo por un compañero de celda. Enamorará a la viuda y finalmente se casaría con ella, pero no contaba con dos niños y su especial hada madrina; dos hermanos que vivirán ese mundo no tanto como una aventura sino como parte de un oscuro cuento infantil. Este es, a grandes rasgos, el argumento de la película que corrió a cargo de Charles Laugthon, un célebre actor que acometió su único trabajo en la dirección con el entusiasmo de los novatos. De esta forma amontonó en esta fábula de horror suficientes elementos visuales y narrativos como para considerarla una hermosa opera prima. Hermosa pero, en definitiva, rara, que no supo atraerse al público y la crítica de su época.

Adaptaba una novela de Davis Grupp, autor que resultará muy familiar a los aficionados a la serie “Alfred Hithcock presenta” o “Galería nocturna” de Rod Serling, aunque fue guionizado por el célebre escritor James Agee, quien escribiese otro de los clásicos del Hollywood dorado: “La reina de África”. Dos títulos, curiosamente, abocados a la controversia en cuanto al guión. John Huston reescribió el libretto de Agee, mientras que Laughton lo situó en solitario, en los créditos, a pesar de rechazar su versión por la que escribieron el propio director y Davis Grupp.  De hecho, James Agee falleció, mientras se rodaba la película al sufrir un infarto durante un viaje en taxi en Nueva York; contaba con 45 años.

La grandeza de la película es el haber creado uno de los psicópatas más reconocibles de la historia del cine, a través de un cuento infantil, con su ogro y los niños acosados, aunque fuese un fracaso total.

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Un clásico fallido.

“La noche del cazador” parece ser única, un cuento de hadas y una parábola religiosa, a cargo de Charles Laugthon, quien como actor cosechó grandes interpretaciones, mientras que como director lograba algo difícil de conseguir, una obra maestra, con un único trabajo, que sin embargo, desafiaba todas las convenciones del cine de género de su momento. Uno de los motivos del fracaso fue su condición de rareza. Es fácil reconocer en sus imágenes a Mark Twain, célebre escritor norteamericano, por su personaje de Tom Swayer y el papel que tiene el río, en la historia, como la influencia del expresionismo. Pero si recordásemos otra película del Hollywood clásico, ambientada en la Gran Depresión, con niños como protagonistas, aire de fácula moral y crímenes, éste sería “Matar a un ruiseñor”, con la que compartiría poco el film de Charles Laugthon. También supo rescatar lo mejor del cine de David Griffith, sobre todo, Lilian Gish, una de las mejores actrices del cine mudo y única sosteniendo el rifle en una mecedora, junto a la gran fotografía de Stanley Cortez.

Laugton y el cameraman (que trabajó en “El cuarto mandamiento”, “The Magnificent Ambersons”, Orson Welles) optaron por un estilo expresionista: los ángulos oblicuos, las largas sombras, el blanco y negro; estilísticamente suponía un retroceso a los años treinta. E incluso hay elementos extraños, como esos animales (el búho, una tortuga, una rana y la tela de araña, en primer plano) mientras los niños viajan río arriba.

El personaje central de la película sería el siniestro predicador Harry Powell, cuyas manos tatuadas con las palabras “love” (amor) y “hate” (odio), es una referencia del cine de todos los tiempos. “Yo no vengo con la paz, sino con la espada”, dirá en un momento en el que blande una navaja en un impulso de excitación sexual y asco. Su actuación es excesivamente rígida y con una voz de barítono, teatral y amanerada como solía estar acostumbrado Laugthon sobre los escenarios.  Sin embargo, eso no quita que el personaje que construyese Robert Mitchum fuese uno de los más memorables de su carrera. Le vemos, además en una construcción de increíbles planos-pictóricos, en donde las sombras daban mucho juego.  Una de estas sería la más recordada, la de un hombre con sombrero, proyectada sobre el dormitorio de los niños. Su personaje está espiando la casa en donde viven los pequeños Harper, con su madre,  Willa (Shelley Winters), cuyo marido había sido colgado en el patíbulo. Pero Harry Powell no espía la casa por casualidad. Sabe que los niños tienen los 10.000 dólares que había robado para ellos. De esta forma, se convirtió en uno de los villanos más carismáticos, carisma que traspasó la pantalla.  La intervención de Mitchum, en la película, fue crucial. De hecho, sin el actor “La noche del cazador” seguramente hubiera sido otra distinta, al hacerse cargo de la dirección de los niños (Billy Chapin y Sally Bruce), pues Laugthon no los soportaba.

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Al final, llegaría la paz a aquellos niños, ahora huérfanos, al cuidado de aquel ángel vengador que era el personaje de Lilian Gish. Una paz identificada con la Navidad que vemos en los últimos planos.

Antes de realista, nos quedamos con un film con alma de un cuento moral escalofriante filmado como una rareza expresionista, con toda una batería de referencias visuales de fantasía. Una película difícilmente clasificable. Pero estaríamos ante una obra maestra absoluta que, al establecer su historia en un mundo visual inventado le confería una condición atemporal. A diferencia de otras muchas películas de los años cincuenta, “La noche del cazador” se visiona con la misma frescura que en 1955.

 

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