Sin Final en el Guión

La mirada sigue los caminos que se le han reservado en la obra

Todo espíritu profundo posee una máscara”. A través de esta máxima nietzscheana podría verse Persona (1966) una de las obras culmen del cineasta sueco Ingmar Bergman. Este film, críptico donde los haya, posee desde la génesis de su propio título, el magnetismo y el amor por el séptimo arte que el autor de Upsala profesó a lo largo de más de cinco décadas. Porque el título hace referencia y da pistas sobre de qué trata el film. Persona es tal y como se titula el film en su versión original en sueco. Persona en latín quiere decir máscara del actor, por lo que, jugando con el aforismo del filósofo alemán, la palabra máscara termina siendo polisémica; máscara como ocultación, máscara como profundidad. De esta profundidad fue consciente el propio Bergman cuando dijo: “Tengo la sensación de que en Persona he llegado al límite de mis posibilidades. Que en plena libertad, he rozado esos secretos sin palabras que solo la cinematografía es capaz de sacar a la luz”. No en vano, Cinematografía es como pensó en titular el film, pero por obvio y evidente lo descartó por el hipnótico título de Persona. Porque en definitiva ¿de qué trata Persona? Trata de una actriz, Elisabet Vogler (Liv Ullmann), que ha perdido el habla durante una función. Es sometida a pruebas y se concluye que no hay motivos físicos que la hayan inducido a eso. Para su cura encargan a una enfermera llamada Alma (Bibi Andersson) que cuide de ella y se vayan de retiro a una isla. Allí el mutismo de Elisabet continúa pero poco a poco Alma va abriendo su corazón y sus secretos a Elisabet. Finalmente se desvela que el mutismo de Alma proviene de una relación tempestuosa con su marido debido al hijo no deseado tenido con éste.

Esta sinopsis, grosso modo, podría parecer original pero no tan alejada de los cánones heredados de la tradición griega. Nada más lejos de la realidad. Solo basta conocer la biografía del autor para ir más allá de la superficie. Es de sobra conocido que el director sueco extrajo de su propia vida la razón de su filmografía y  Persona, en este aspecto es su obra paradigmática. Como decía, Elisabet Vogler pierde el habla durante la representación de la obra de Eurípides, Electra, cuyo mito, opuesto al de Edipo, es la venganza contra la madre. Bergman siempre tuvo una relación tormentosa con sus progenitores, sobre todo con su padre. Su madre le fue infiel a él, debido al despotismo de éste (también escribió la obra Infiel dirigida por la propia Liv Ullmann que hablaba sobre ello). Queda así plasmado el mutismo de Elisabet con el de su madre, y la “venganza” de Bergman, en este caso, respecto a ella.

Otro aspecto a tener en cuenta es la situación en la que se encontraba Bergman. Después de su Oscar por El manantial de la doncella (Jungfrukällan1960), poco a poco fue entrando una espiral autodestructiva mentalmente que desembocó en su internamiento en una clínica psiquiátrica. Es aquí donde escribe Persona, y donde la escena de apertura cobra mayor sentido. En el final de la misma aparece un niño que puede identificarse con cualquier espectador o con el propio Bergman. Uno de los motivos de su cine siempre fue el amor a la juventud, simbolizado excepcionalmente en Fresas salvajes (Smultronstället, 1957) donde la moraleja del mismo film era, al igual que en Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) que las mejores etapas de la vida suceden en la juventud. En Persona, ese niño trata de descifrar el lenguaje del mismo medio audio audiovisual. Al principio de dicha escena, lo que aparece son una sucesión de imágenes aparentemente inconexas que aluden sobremanera a los temas que trató y atormentó al director sueco a lo largo de su carrera:

Un pene erecto, que alude a la sexualidad

Una araña, en referencia al dios araña que ya aparecía en Como en un espejo, simbolizando la ausencia y silencio de dios.

El cordero degollado, en alusión al cristianismo.

Imágenes mudas que ya aparecían en su película Prisión (Fängelse, 1949) donde vemos cómo el miedo (la muerte) persigue a un individuo.

Y al principio del todo… una cámara de cine y un proyector.

Todo ello, prepara al espectador para asistir a lo que parece evidente… una película. Donde nada es real, donde el director desde un primer momento se encarga de mostrar el artificio, como decíamos al principio el film se iba a llamar Cinematografía. A lo largo de la película se encarga de recordarlo en diferentes momentos, como cuando la imagen de repente se quema en la pantalla o cuando la misma escena es grabada desde dos puntos de vista.

Persona se enmarca justo en plena ebullición de la modernidad en el cine. Se suele decir que el año de eclosión de la modernidad es 1959, con la aparición de Sombras (Shadows, John Cassavetes),  Psicosis (Alfred Hitchcock), Al final de la escapada ( À bout de souffle, Jean Luc Godard) y  L´avventura (Michelangelo Antonioni). Sin embargo esa eclosión encuentra su reverberación en la más moderna de todas las obras que haya dado el cine, y de la que el propio Godard no alcanzó jamás a entender por qué la amaba, cosa que ni le importaba. Así mismo Persona, simboliza la perfección de un estilo, el kammerspielfim, o cine/teatro de cámara, donde lo que se busca es el mayor intimismo con el espectador, como posteriormente se vio en el resto de su filmografía, destacando Secretos de un matrimonio (Scenner ur ett äktenskap, 1973).

Porque en definitiva Persona es tanto un canto de amor al cine, como de miedo a la psique humana, formando dos caras de la misma moneda para el director sueco, la vida, donde al espectador no le queda otra que dejar llevar su mirada por los caminos que le ha reservado la obra.

 

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