Sin Final en el Guión

La máscara de la muerte roja (Edgar Allan Poe, 1842).

Los más inteligentes son capaces de imaginar la burla definitiva de la vida aunque saben que hasta que llegue el momento de su muerte no podrán saborearla de verdad. Los más osados desconocen la burla porque creen que su fuerza es suficiente para vencer al destino. Poe habla en esta historia de los osados, de los que creen poder vencer porque toda la vida se han sentido privilegiados y especiales y no creen tener razón para sentirse de otra forma.

Así, el osado príncipe Próspero no dudará en cerrar las puertas de su castillo y disfrutar de una fiesta sin fin con sus más queridos amigos mientras en sus tierras la Muerte Roja siembra de desesperación y locura a la población. Se encerrarán en ese castillo inexpugnable porque la mayor preocupación del ser humano debe ser la de seguir vivo y no importa si todos mueren a tu alrededor. El egoísmo más abyecto tiene su justificación, así, en la supervivencia; ¿qué importa si mueren miles si yo puedo seguir viviendo sin ser molestado? ¿Por qué debo yo sacrificarme y ponerme en peligro cuando tengo los medios para escapar? Una pradera llena de cadáveres es una vista horrible, cierto, pero no es menos cierto que todos y cada uno de esos cadáveres llenos de marcas rojas y sangrantes que antes eran seres humanos hasta que los alcanzó la Muerte Roja ya no pueden mirar a su alrededor y sentir el asco, la repugnancia y el terror de estar rodeados por cadáveres en descomposición, de modo que, si soy yo el que está viendo los cadáveres, no soy uno de los que yace allí descomponiéndome sin poder ver nada ni sentir nada.

Dicen aquellos que se han sentido en la cercanía de la muerte que, en ese momento, los sentidos se afilan de tal modo que los colores son más brillantes, las formas más nítidas, los sonidos más claros, los olores más intensos y la comida más sabrosa. Así se sienten en el castillo del príncipe Próspero todos los que están ahí encerrados y con la ilusión de que están a salvo. Es una ilusión porque se saben en un peligro mortal y así lo demuestran no queriendo entrar en la sala decorada con terciopelo negro o sintiendo un nudo en sus gargantas cuando suena el tañido de las campanadas del reloj.

La sala séptima, la decorada con el terciopelo negro, forma parte de la burla del destino pues es el color de la oscuridad que todos sentiríamos si pudiéramos abrir los ojos dentro del ataúd que nos está destinado. Ningún invitado a la fiesta sin fin puede estar mucho tiempo en ella sin sentirse oprimido y asustado. Pueden estar disfrutando de la fiesta pero, íntimamente, se dan cuenta de que están viviendo un tiempo prestado y que más les vale no pasar por esa sala que les recuerda lo inevitable de lo que ha de venir que no es otra cosa que la oscuridad. Y la oscuridad es terrorífica.

Otro recordatorio son las campanadas del reloj. ¿Qué hay represente de forma más gráfica el empuje del tiempo, inexorable, imparable que a todos nos iguala y que nos arrastra hacia la tumba, hacia la oscuridad? Hasta la orquesta calla ante el sonido del tiempo y todos contienen el aliento, atemorizados, hasta que el eco de las campanadas ha cesado y pueden olvidar momentáneamente que la vida es una carrera hacia la muerte.

Sólo a los genios les está concedido el poder de condensar en unas breves páginas las palabras que resumen el elemento más central del miedo humano resumiendo de forma tan simple lo que significa la vida en las sociedades modernas tan dadas al disfrute inconsciente. Todos los humanos acomodados somos como el príncipe Próspero y nos encerramos en nuestro castillo de placeres sin importarnos que la muerte y el sufrimiento campen a nuestro alrededor mientras podamos mantener las puertas bien cerradas de tal modo que los enfermos y los que sufren no puedan acceder. Pero, como el príncipe y sus invitados, en nuestro castillo hay siempre recordatorios de que no somos invencibles, de que todos tenemos habitaciones negras en las que, al mirar dentro, nos acordamos de que hay cosas de las que no podemos escapar. Y, por fin, todos somos mortales, y si hay algo de lo que no podemos escapar es del paso del tiempo que nos llevará al fin del ser, y el fin del ser no es otra cosa que lo desconocido, lo que está más allá, que bien puede ser otra cosa que aún no podemos ni concebir o bien puede ser la nada. ¿Y si es la nada? ¿Es el dejar de ser nuestro destino? Si es así, ¿qué sentido tiene nuestra vida?

¿Hay algo más terrorífico que eso?

 

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