Sin Final en el Guión

Grease: amor y rock&roll

Para soñar se necesita muy poco, a veces basta con un espejo ¿Modo de empleo? Póngase unos vaqueros ajustados, a ser posible negros, una camiseta igualmente ajustada, preferiblemente blanca, chaqueta de cuero si se tiene, solo se admite color negro. Accesorios: Paquete de tabaco debajo de una de las mangas de la camiseta. Hasta el reflejo siente miedo. Y ya puede usted cantar eso de “Ay ga chull de moltuplaye” (I got chills they´re multiplying) lo que quiere decir “Tengo escalofríos, se están multiplicando”. Por desgracia no es lo mismo hacerlo en español que en inglés, traducirlo hace que pierda la magia del roneo más absoluto. Pues así, sin más, de golpe y porrazo se ha convertido usted en un verdadero John Travolta. Que dan ganas de salir a la calle, convertir el coche en un descapotable a golpe de martillo y ligar a la primera rubia que pase por delante. A estas alturas ya sabrá el lector de que película se habla. Del único musical apto para hombres y que se admitan a reconocerlo del mundo: Grease (Grease, Randal Kleiser, 1978). Por suerte casi nadie utilizó su traducción Brillantina, no es lo mismo decir. “Me encanta Grease” que “Como alucino con Brillantina”. Es que se pierde toda masculinidad.

Que ya sabemos que los hombres tenemos dos pasos de baile que pueden aumentar a tres o cuatro como mucho dependiendo del nivel de ingesta de alcohol, pero que no somos animales de pista de baile. Eso sí, si lo que suena es un rock and roll allá que vamos. Primero levantamos una puntera y luego la otra con un suave movimiento lateral y continuo de caderas. Gran legado el de Travolta.

Ese es el romanticismo de verdad; coches de carreras, rock and roll y actitud chulesca. Que no nos vendan eso de que la escena romántica por excelencia es la del barro con las manos entrelazadas. Eso es una guarrada, no concibo nada más sucio. Tócale la carita o el pelito a tu mujer mientras amasas barro, dile que tiene una motita en el ojo o que le vas a quitar un pelo de la cara. El sopapo que te llevas sobrepasa los decibelios permitidos por el ayuntamiento. O estropeale el jarrón que le encargaron para mañana porque tu tenías ganas de meneo y apareciste por la espalda sin camiseta. De Pontevedra pa´rriba te mandan. Que no nos vengan con el cuento de Pretty woman (Pretty woman, Garry Marshall, 1990). Dile a tu madre o a tu mejor amiga que te has enamorado de una prostituta y luego le intentas explicar que no, que no es lo que se piensa, que no eras capaz de meterle la marcha al coche y ella estaba en su esquina de siempre y te ayudó. Así os conocisteis, ella vio en ti tu nobleza y tu en ella su inocencia. Colleja asegurada, mirada de desprecio. Eres un guarro. Si es que me lo imagino. Prueba a decirle a tu amor de la infancia que la quieres desde siempre mientras cae el diluvio universal, como en la escena por excelencia de El diario de Noa (The notebook, Nick Cassavetes, 2004), y a ser posible en medio del campo, donde no haya refugio posible. Muy probablemente sentirá un odio profundo hacia tu persona. Y para rematar ¿Porqué no escribirle unos cartelitos declarando tu amor en silencio a la mujer de tu mejor amigo? Si algo nos ha enseñado Love actually (Love actually, Richard Curtis, 2003) es que en navidad todo vale, incluido el amor prohibido e inconfesable. Tu amigo lo entenderá porque es navidad. Y si se lo pides para reyes te regala a su mujer y un viaje a Punta Cana.

Cada vez que aparece en la programación no puedo evitar verla, le entra a uno unas increíbles ganas de vivir, de bailar, de cantar. La magia del cine concentrada en una pequeña y excelente comedia romántica. No se ustedes pero a mi me están entrando ganas de cantar y bailar eso de Yu de wan da yu wan uh uh uh (You’re the one that I want, oh).

 

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