Sin Final en el Guión

El misterio de las estrellas.

¿Qué hay más allá de las estrellas? ¿Cómo se realizaron obras imposibles para su época como las pirámides? ¿Somos la única vida inteligente de la galaxia? Estas y otras preguntas encuentran su respuesta gracias a Roland Emmerich en la película Stargate, puerta a las estrellas (1994). Que un grupo de científicos, americanos todos, encuentren la forma de abrir un portal que les lleve hacia un lugar desconocido y lejano, que se encuentren con una raza distinta, más desarrollada y que se vean amenazados sin más remedio que hacerles frente… es una delicia para todo niño que se precie. La curiosidad infantil se ve saciada una vez más gracias al Hollywood más espectacular sin escatimar en tiros, amores, aventuras y desafíos de lo más variopintos.

¿Quién no ha mirado alguna vez hacia el cielo en una noche oscura (porque nunca hay noches claras) y se ha preguntado quien hay por allá arriba? Personalmente, cada vez que veo las estrellas veo a Kurt Rusell y se me viene a la cabeza ese pelado tan militar, no se porqué. Luego van viniendo imágenes más lógicas como el portal que accede a ellas, las pirámides voladoras y las lanzas láser. Ni extraterrestres, ni naves espaciales ni La guerra de los mundos. Solo pienso en Stargate. Y en Kurt Rusell. Si alguna vez viajo al espacio, por favor, que alguien me de el número de Rusell.

Emmerich fue capaz de llevar al terreno de la ciencia ficción más taquillera ese tipo de puerta que antes nos había enseñado Jean Cocteau (el cineasta, el submarinista se llamaba Jacques Custeau, que nadie se líe) en Orfeo (Orphée, 1950) y John Carpenter en El príncipe de las tinieblas (Prince of darkness, 1987). De seguro Cocteau jamás habría imaginado su mundo surrealista influenciando a una aventura espacial blockbuster.

Esta es una de esas películas que si enciendo la tele y la pone la cadena que sea, dejo de hacer lo que estaba haciendo para disfrutarla, que se quemen las lentejas que a mi me da igual, yo estoy en el salón de casa junto a mi hermano y cuando James Spader llega a ese desierto, nos miramos. Sonreímos. No hace falta más, sabemos que hay aventura para rato, que más tarde, cuando acabe esta historia, hablaremos de ella como solo unos niños de 11 años saben hacer. Jugaremos a atravesar portales, a enfrentarnos a extraterrestres, a faraones horteras, yo seré científico, luego militar, luego ¡Ay! ¡Me has hecho daño!… un sinfín de disparates y jaleos propios del imaginario de la inocencia infantil mezclado con la locura despampanante de Emmerich, todo un experto de cargarse el mundo de mil maneras.

Si en mi infancia pajolera y fantasiosa tuviera que elegir un cineasta… probablemente estaría entre Spielberg y Emmerich. Vale, ganaría Spielberg por aquello de Indiana Jones (Indiana Jones: Raiders of the Lost Ark, 1981), Hook (1991), Jurassic Park (1993) y otras que aunque no las vi en su estreno si que forman parte de mi universo cinéfilo, es decir, E.T. (E.T.: The Extra-Terrestrial, 1982), Tiburón (Jaws, 1975) y Encuentros en la tercera fase (Close Encounters of the Third Kind, 1977). Pero luego estaría Roland Emmerich. El secreto de los fantasmas (Ghost chase, 1987), Soldado universal (Universal soldier, 1992), Independence day (1996), Godzilla (1998) y Stargate… Menudo repertorio. Entre los 70 y los 80 vieron la luz las películas taquilleras más molonas de la historia, las que nos hicieron amar el cine. La que nos hizo mirar con otros ojos las estrellas. De allí arriba podría venir una especie en son de paz o con ganas de mucha camorra. Por eso es buena pensar en Kurt Rusell cuando se mira al cielo por las noches, te da cierta seguridad. Si es por Spielberg a lo mejor piensas en Richard Dreyfuss o Drew Barrymore. Pero GRACIAS al director alemán se te viene a la cabeza solo militares. Así se siente uno seguro, se siente uno en la gloria. Que vengan todas las razas alienígenas que quieran, a conquistarnos o a obligarnos a realizar piruetas arquitectónicas de formas piramidales. No importar, Emmerich nos ha enseñado a defendernos de mil formas distintas. Nosotros tenemos a Kurt Rusell ¿Quién da más?

 

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