Sin Final en el Guión

El Grito

Siempre que veo el famoso cuadro de Edward Munch “El grito” no puedo sino recordar la imagen desgarradora de Dorothy McGuire intentando gritar pidiendo auxilio en esa maravilla de película que es “La escalera de caracol” de Robert Siodmak. La adaptación de la novela de Ethel Lina White “Some Must Watch”.

Robert Siodmak fue uno de esos directores que huyendo del nazismo llegó al incipiente Hollywood  y nos dejó un reguero de grandes películas entre las que podríamos destacar esas joyas del cine negro llamadas “Forajidos” (The Killers, 1946) o “El abrazo de la muerte” ( Criss Cross, 1949) o la extraordinaria película de aventuras “El temible burlón” ( The Crimson Pirate, 1952). No puedo dejar de nombrar “ El gran pecador” ( The Great Sinner, 1949) donde adaptaba nada menos que a Dostoievski y su obra El jugador; pero si tenemos que destacar dos obras en la filmografía de Siodmak, esas serían sin duda “A través del espejo” ( The Dark Mirror, 1946) y la que nos ocupa…La escalera de Caracol (The Spiral Staircase, 1945). Tristemente la carrera de Siodmak daría un giro negativo cuando el Comité de Actividades Antiamericanas le acusara de comunista cerrando su carrera en Hollywood como a tantos otros talentos del celuloide.

“La Escalera de Caracol” es sin duda su obra más redonda.  Desde el inicio donde vemos un plano cenital maravilloso hasta el final  se mantiene un pulso narrativo extraordinario capaz de mantener al espectador en constante tensión. Un asesino en serie, una ambientación fiel a los predicamentos del expresionismo alemán más reputado, pasando por una trama con tintes psicológicos. Además de todo esto la dirección de actores destaca por su solvencia  y cabría destacar sin duda a una Ethel Barrymore de pluscuamperfecta mirada. Aunque como es evidente la cámara se enamora de Dorothy McGuire en el primer plano cuando la vemos admirar “la maravilla del momento” como así denomina un cartel al cinematógrafo (glorioso homenaje al cine mudo y metáfora del personaje de Helen)  que se está viendo en el Hotel Village mientras sucede el primer asesinato de la película.

Estamos en un pueblecito de Nueva Inglaterra, cerca de Boston, cuna del puritanismo y sin duda la ciudad con mayor encanto de Estados Unidos. Corren los primeros años del siglo XX y la ambientación nos lleva irremisiblemente a “El cuarto mandamiento” (The magnificient Ambersons) dirigida por Orson Welles. Esta primera puesta en escena nos traslada a un lugar plácido, se diría incluso idílico pero pronto todo se vuelve peligroso. Hay un asesino en serie suelto que se divierte asesinando a chicas con algún que otro defecto físico. ¿Estamos ante una metáfora del nazismo del que Siodmak huía? Probablemente la influencia de este hecho queda plasmada en varios momentos trascendentes de la cinta, sobretodo cuando se nos presenten el resto de personajes.

La protagonista es Helen (Dorothy McGuire) quien sufrió un trauma de pequeña que le hizo quedar muda, elemento que introduce el que en ese momento era un asunto de moda en el cine de Hollywood, el psicoanálisis y las teorías Freudianas vistas con cintas como la anteriormente citada “A través del Espejo” o la maravillosa “Recuerda” (Spellbound, 1945) de Alfred Hitchcock. Helen incapaz de articular una sola palabra en toda la trama,  va consiguiendo la empatía del espectador en cada plano. La angustia que sufre ante el peligro tiene como elemento añadido su incapacidad para poder gritar auxilio, lo que nos lleva irremisiblemente al cuadro de Munch, (curiosamente un pintor que en su vida real también sufrió los designios de un padre tiránico, lo que quizá reflejara en el lienzo a través de ese grito desgarrador que no oímos, solo vemos) Como en el cuadro, McGuire nos mira a cámara y nos interpela, sus lamentos son mudos, no los oímos pero podemos sentirlos. Helen angustiada deambulará por la casa intentando salvar la vida sin poder ni siquiera usar el teléfono para pedir socorro. Es en esa desesperación donde el espectador se incline en su butaca hacia delante intentando ayudar a la desvalida chica a la que parece haber abandonado todo el mundo. El director juega inocentemente con el espectador mostrando a los dos hermanos como sospechosos aunque quizá el espectador ya ha determinado quién es y solo le interese saber en qué momento se lanzará a por su víctima como el verdadero psicópata que es. Por momentos pareciera que al director le importara destacar que ambos personajes son igualmente despreciables.

En cualquier caso, “La escalera de caracol” no es una película donde el aspecto psicológico sea trascendental, queda intuido y sobretodo citado a través del personaje de George Brent quien interpreta al profesor Warren que junto a su hermano Steven son dos hijos lastrados por un padre tiránico que despreciaba a los débiles (quizá otra metáfora del nazismo presente aquí, la supremacía de los fuertes contra los débiles). Los conflictos emocionales no quedan del todo resueltos en la cinta ya que el director prefiere circular por el sendero del thriller y quizá del género negro intentando que el espectador descifre o no quién será el asesino en serie, intentando despistar de forma a veces pueril pero sin duda éste es un aspecto menor dentro del análisis de la película.

El componente freudiano está presente también en el personaje de Blanche (excelente Rhonda Fleming) que llena de sensualidad la pantalla en cada primer plano que recibe. La carnalidad del rostro de Fleming provoca conflicto entre los dos hermanastros, hijos de un mismo padre y distinta madre, la Ethel Barrymore que casi yace en el dormitorio de arriba sin moverse de esa cama, anclada quizá a un final que no acaba de llegar mientras sus inquietantes ojos aventuran los peligros de permanecer en esa casa.

Y es que la casa es el otro gran personaje del film, su ambientación gótica, le confiere todos los elementos típicos de una cinta que transita entre el suspense y el terror. Cada descenso a la bodega es puro Murnau, es expresionismo alemán con ese juego de sombras y luces que nos proporciona el mismo director de fotografía de clásicos como “La mujer pantera” o “Retorno al pasado”  el gran Nicholas Musuraca. Esa vela que se antoja necesaria cada vez que se desciende por esa interminable escalera de caracol es la vela que ejemplifica la vida que se está a punto de consumir. En cada asesinato veremos el mismo ritual estético, un plano de los ojos del asesino y la víctima reflejada en ellos. La casa es el horror,  y curiosamente la protagonista huye del asesino que ha estado en el Hotel Village volviendo a su hogar, sin saber que ese lugar de ambiente claustrofóbico en el que poco a poco asesino y víctima van a quedarse solos es poco menos que la madriguera donde pretenden atraparla.  Poco a poco todos aquellos que pueblan la vivienda por algún motivo que otro van abandonando el lugar en mitad de esa noche de tormenta que no puede faltar en cualquier cinta de este género. La lluvia se convierte en elemento crucial en el clímax final del film y el ritmo no decae en ningún momento. Las sombras aterradoras confluyen en un final probablemente precipitado que sin embargo no resta belleza a la cinta de Siodmak. La secuencia final nos liberará de la atmósfera opresiva que nos ha atrapado junto a la pobre Helen y nos reconciliará en un plano final maravilloso que dice mucho más de lo que a primera vista se ve.

 

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