Sin Final en el Guión

DE REPENTE, DEJAMOS DE SER EXTRAÑOS

“Strangers when we meet” viene a ser en español una cosa así como extraños cuando nos encontramos, y es toda una declaración de intenciones…las historias de amor surgen cuando no lo esperas

El amor adúltero ha sido siempre mostrado en la gran pantalla de forma muy recurrente. ¿Dónde reside el atractivo para el espectador en este tipo de historias? Difícil contestar una pregunta así de forma general porque cada persona es un universo a descubrir. No existen reglas a aplicar a todos los seres humanos y aunque algunos clichés se repitan en el celuloide o en la vida real en este tipo de historias de amor, seríamos injustos generalizando en un tema tan delicado.

Richard Quine dirigió en 1960 Un extraño en mi vida (Strangers when we meet) y radiografió a la sociedad americana de la época como pocos. De forma muy sincera y atrevida, Quine adapta la novela homónima de Evan Hunter que remueve las conciencias de la sociedad bien pensante americana de finales de los cincuenta. Una sociedad que se preparaba para ese nuevo mundo que se iba a construir en la década posterior e iba a mover los cimientos de todo lo anterior. Un mundo donde los hombres trabajan de 9 a 5 en la gran ciudad y vuelven al hogar en barrios residenciales donde sus mujeres siempre les esperan con sus trajes impolutos, sus casas relucientes y sus vidas perfectas. Nos enseña además esos barrios residenciales donde las madres llevan a sus hijos a esos autobuses escolares amarillos que tantas y tantas veces nos ha mostrado el cine. Esas casas enormes con cocinas amplias, donde hay gente que organiza fiestas los viernes por la noche (algo impensable por ejemplo en España en esa época).

Hasta ese momento, esos ejecutivos que mueven el mundo desde la gran urbe han engañado a sus esposas perfectas con chicas como la Fran Kubelik de El apartamento (The Apartment) del gran Billy Wilder pero plantear que una ama de casa felizmente casada pueda enamorarse y engañar a su marido era todo un torpedo en la línea de flotación de la institución más sagrada de Norteamérica: la familia.

Supo Quine elegir a la actriz perfecta para este papel. Kim Novak, despojada ya de la casi etérea Madelaine de Vértigo (Vertigo 1959) del mago del suspense Alfred Hitchcock, se nos transforma aquí en un ser fascinante de carne y hueso. Una mujer de verdad que nos hace reflexionar sobre los sentimientos que giran en torno al amor, el deseo o el sexo. Novak posee esa carnalidad necesaria que atraviesa la pantalla.
Una temática quizá demasiado atrevida para 1960 y que lleva un poco al ostracismo a esta gran película, sin duda infravalorada por la crítica de la época.

Kirk Douglas quien ya era una estrella consolidada se aleja también de sus personajes épicos y atormentados de otras producciones y nos regala un personaje también de carne y hueso. Un arquitecto de éxito, con sus defectos, sus contradicciones, sus preocupaciones , etc. Tanto Douglas como Novak ejemplifican bien ese misterio de la vida llamado amor que les lleva a enamorarse cuando no lo esperaban y a poner patas arriba sus vidas sin haberlo planeado.

Resulta brillantísimo asistir al proceso de enamoramiento entre dos personas y cómo el director es capaz de encontrar el paralelismo existente entre dicho sentimiento y la construcción de la casa diseñada por el protagonista, esa casa que puede simbolizar el futuro hogar de esta pareja o tal vez no. El nerviosismo de sus primeros encuentros furtivos, las miradas culpables, la vuelta a casa con la mente en el otro, la incomodidad de sus encuentros públicos, una maraña de mentiras…todo lo que les hace salir de sus monótonas vidas pero que a su vez les atormenta.

La grandeza de esta película está sin duda en mostrarnos a dos personas que podemos ser cualquiera de nosotros, dos personas con sus necesidades, sus ilusiones. Un ejercicio de sinceridad donde el director nos tira a la cara nuestras convicciones, donde cuestiona los valores del matrimonio por encima del amor y donde resalta por encima de cualquier otro aspecto, ese tema narrado tantas veces en el cine: las relaciones humanas. Ese universo complejo que es el ser humano y sus reacciones.
Impagable la presencia de los actores de reparto, Barbara Rush (en el papel de esposa de Douglas) y Ernie Kovacs (el amigo confidente de Douglas que asiste como espectador de lujo al proceso del enamoramiento entre ambos). Dos personajes que son vitales para el desarrollo narrativo de la película a través de su influencia en los protagonistas, Larry y Margaret.

” Un extraño en mi vida”  es sin duda una pequeña joya del cine de Hollywood de los 60. Una película franca, elegante, llena de matices, que te atrapa desde los primeros diálogos y que te deja esa sensación que solo dejan las películas que hablan de la propia vida, de la cotidianeidad. Esa sensación de cómo es nuestra vida, sin añadidos, sin imposturas, solo llena de realidad.

 

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