Sin Final en el Guión

Canción de Navidad (Charles Dickens, 1843).

Todos nos sentimos bien cuando descubrimos que no somos como Ebenezer Scrooge. ¿Es así? ¿Seguro que no somos como él? ¿De verdad no acumulamos, como Scrooge, insensibles a los que nos rodean? ¿Vemos algo más que el interés que nos puede reportar la relación con las personas? ¿Realmente no hemos hecho alguna vez una amistad interesada o hemos ocultado nuestros verdaderos sentimientos para conseguir un beneficio? Dickens sabía lo que hacía cuando creó el personaje despreciable y mezquino de Scrooge pues no hizo otra cosa que agarrar con firmeza las más naturales y comunes cualidades egoístas que nos adornan a todos los seres humanos y las llevó al extremo. Tan extremo es el personaje de Scrooge que, incluso al principio del cuento, cuando sólo somos testigos de su maldad e inquina por todo lo que signifique felicidad y confraternización, es más probable que sintamos lástima por ese pequeño ser que se aleja conscientemente del resto de los humanos y que sólo ve en ellos la posibilidad de sacar algo material de lo cual tampoco aprovechará nada, pues sólo piensa en poseer sin gastar.

Así de extrema es la caricatura de la avaricia y el egoísmo que pareciera que está pensada para que sea fácilmente reconocible en todos y cada uno de los lectores. Como gran conocedor del alma humana Dickens sabe cómo llegar al corazón de las personas. Sí. Todos nos podemos recordar a nosotros mismos en alguna ocasión en la que nos podemos reconocer un poco en Ebenezer Scrooge. Alguna vez en la que dejamos de prestar atención a una persona amada porque en ese momento no nos apetecía. Alguna vez cultivamos una amistad no por afecto genuino sino porque había algún tipo de beneficio subsiguiente que esperábamos conseguir para luego olvidar a esa persona a la que falsamente habíamos cortejado. Alguna vez que nos apeteció estar festejando en vez de dar consuelo a alguien que lo necesitaba porque no queríamos en ese momento nublar nuestra felicidad con problemas ajenos. Alguna vez que dejamos de lado a la familia o a amigos porque pensamos que eran aburridos comparados con otros supuestos amigos cuyas cualidades brillantes enmascaraban la superficialidad y el vacío.

Cuando nos sorprendemos a nosotros mismos contagiados por el síndrome de Scrooge, cuando recordamos los momentos en los que hemos sido egoístas y despegados, podemos imaginarnos nuestros propios fantasmas de las navidades pasadas, presentes y futuras. Claro que para eso hay que llegar a cierta edad, una en la que, como un buen novelista puso en boca de uno de sus personajes, uno se da cuenta de repente de que se ha equivocado más veces de las que le hubiera gustado. Quién con cierta edad no ha hecho alguna vez ese ejercicio de introversión en el que se ha puesto a pensar si realmente no podría haber ido a aquella comida familiar en vez de poner esa excusa que nadie creyó; o que realmente le hubiera gustado estar en ella porque ahora le falta ese recuerdo, ese momento en el que en ese día él también formaba parte de la celebración y que falta en su memoria. Y lo peor es que nunca se volverá a tener la oportunidad de vivir ese momento para poder tener ese recuerdo.

En el fondo se trata de nostalgia. Es de lo que se habla en este cuento de navidad, y es así porque la nostalgia es la reina de las navidades. Todo lo que hacemos lo hacemos por nostalgia. Cuando somos (o nos sentimos) más jóvenes no tenemos nostalgia porque estamos absolutamente seguros de tener todo el tiempo del mundo y que todo va a permanecer inmutable. ¿Qué persona madura no considera que en su juventud hay un montón de tiempo perdido en contemplaciones inútiles que sólo pueden experimentarse cuando se tiene la sensación de vivir para siempre? Hacerse mayor significa sentir nostalgia de un tiempo pasado que no volverá, tener conciencia de la fugacidad del presente y sentir miedo por lo incierto del futuro inmisericorde.

Por eso la navidad es un tiempo tan terrible para algunas personas. Y por eso, pese a su aura de cuento con moraleja y final satisfecho, lo que nos brinda Dickens en forma de entretenimiento navideño es, para los que tenemos una edad, un terrible recordatorio de que nos queda poco tiempo y es mejor que lo aprovechemos para equivocarnos lo menos posible.

 

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